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En Busca de Espacio (Cecilia Bustamante)
Manuel Lasso

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CECILIA BUSTAMANTE



En busca de espacio


Yo nací en Lima, Perú, a principios de los años treinta. Años que fueron clave en la historia de mi país. Se formaron las primeras organizaciones sindicales, se inició el populismo político. Por primera vez llega a la Presidencia un cholo piurano, el General Sánchez Cerro, a quien asesinaron muy pronto. Mariátegui, al morir dejaba incentivada a la intelligentzia peruana en busca de la identidad nacional. El indigenismo pictórico y literario estaba en su apogeo. Hubo también algunas revoluciones. En una de ellas cuando daba mis primeros pasos, dice mi madre que eché a andar gritando mis primeras palabras: "!Balas, balas...!"

Mi padre era ingeniero agrónomo, y constructor de caminos. Hombre algo extravagante, anarquista, roussoniano, ateo. Desde que puedo recordar, lo escuché hablar sobre la injusticia, recitar a los poetas españoles del Siglo de Oro y, dedicándole los versos a mi madre, a Bécquer y Gutierre de Cetina. Remataba sus sesiones literarias recitando a grandes voces a Walt Whitman: "...capitán, mi capitán, el espantoso viaje ha terminado, la nave ha salvado todos los escollos..." Otras veces: "...la vida es sueño y los sueños, sueños son..." Crecí consciente del dolor humano y con una noción idealizada del amor.

En los alejados pueblos donde vivimos en los Andes peruanos, mi padre necesitaba hablar, y en las noches éramos su público ya sea al rededor de la mesa o caminando por el pueblo en las noches de luna: "Todas las rutas que quieras surcar." Así me había escrito en una cartita enviada desde Huariaca, Pasco, a casa de mis abuelos en Mariquitas 336, Lima. Comprendí poco a poco que existía otra manera de mirar las cosas, el mundo y a nosotros mismos.

Nos hizo conocer el Perú, aprender los nombres de sus ríos, picos, caminos, puentes, los nombres de las plantas y de los animales aborígenes, los de los hombres que habían construído venciendo las rocas y las alturas. Creo que soy una de los pocos escritores limeños de mi generación y hasta bien entrados los 60s, que conoce de cerca el país. Cuando yo tenía un año nos llevó a vivir al norte del Perú, por las tierras de López Albújar y de los Vicus. Allí fueron mis primeros años escuchando hablar quedo a las amas indias sobre los espíritus de las montañas, sobre los fuegos fatuos y de los manes nuestros.

Volvimos a Lima, varios años después y conocí a mis abuelos y tíos. Alicia y Celia Bustamante Vernal y José María Arguedas, a quienes admiré instantáneamente. Vivían en casa de mis abuelos en la calle Mariquitas 336 y donde nos alojamos también. Los tres luchaban mucho: la una por ser pintora reconocida y los otros por llevar adelante la obra de Arguedas, (ver: Testimonio sobre José María Arguedas. V: www.ciberayllu,org) Recuerdo que reunían en su "Peña Pancho Fierro"(V: Intelectuales peruanas de la generacion de Jose Carlos Mariategui (V: www.cecilia-bustamante.com) sus amigos artistas y que celebraban mucho la aparición de algún joven escritor que prometía. Nosotros estudiábamos con las monjas españolas como becadas, porque la tía Rosa Loayza de Vernal (Fermín) les había dado su casona como local del colegio en la esquina de Rufino Torrico y la Iglesia de San Marcelo. Las monjas eran unas disciplinarias terribles. Luego nos fuimos a la Sierra, a las minas.

Los contrastes de esa geografía, a veces inhumana, siempre bella y muchas veces silenciosa, se mezclaron en una realidad en la que nacen mis recuerdos y despierta mi sensibilidad. Los rostros familiares y queridos no fueron para mí los de los blancos costeños, sino los de los mestizos de las provincias, que avivaron mi imaginación infantil con sus relatos, leyendas, mitos y su reposado modo de vivir. Los indios crecían pobres y casi desnudos, vivían en chozas en las que apenas se podía tener uno en pie; casi siempre comían papas, maíz, ocas, cebada y trigo tostados. Chacchaban coca, claro está.

Mi padre, como dije, era hijo de Lima descendiente de arequipeños; uno los lugares más conservadores de mi país con un sector siempre rebelde. Como primogénito varón había sido criado con privilegios que hicieron de él un ser libre y arbitrario; disfrutaba del mundo y de la vida con fruición. Implantó el nudismo en la familia para escándalo de las gentes provincianas, que lo consideraron un endemoniado. Mis experiencias eran desacostumbradas: a los cuatro años vi nacer al primer hijo varón de mis padres; a los ocho ví a un indio que había sido ahorcado, ejecutado por algún gamonal, tirado a la entrada del pueblo, su cabeza en las faldas de la india que era su mujer que aullaba de dolor; a los doce en una noche de tormenta ayudé a mi padre en el nacimiento de mi hermana número nueve. Por otro lado, la explotación reinante contra los indios y el menosprecio y crueldad con que se los trataba - me sublevaron interiormente. Crecía pues, en el otro Perú.

Para que nos educaran, buscaron un internado en Lima, y en vacaciones regresaríamos a la Sierra. Ese mundo que yo admiraba y amaba era despreciado en Lima, y ser mestizo era un estigma social. Hablar quechua, una vergüenza. Mi aspecto de niña rubia y de ojos claros contrastaba con mi comportamiento de serrana y sufrí el desdén de mis propios primos. Mi confrontación fué constante. La importancia al no poder alcanzar a comprender los fines de la consigna de silenciamiento sobre los que sucedía en los Andes alimentó mi rebeldía al medio limeño.

Al entrar a la secundaria nos internaron en el "Liceo Grau" de Magdalena del Mar. Lo dirigía una educadora de avanzada, Esther Festini de Ramos Ocampo que había introducido el método Montessori, la Escuela Activa.. En cierto sentido, mi educación fue bastante "moderna" pues se promovía la lectura, la discusión, el teatro, la composición escrita, la apreciación musical y nos daban parcelitas para sembrar a nuestro gusto en el jardín.

Fué a estas profesoras a quienes escuché primero los nombres de Flora Tristán, Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello de Carbonera, Dora Mayer, Magda Portal, sin mayor elaboración pues había temor de discutir muy profudamente su obra. El clima político era opresivo, la división de los grupos sociales, muy marcada. La obra de la Mayer y de la Portal estaban, lo supe más tarde, sencillamente censuradas.

Estos años fueron para muchos jóvenes de mi país - asfixiantes. Golpes de estado, rebeliones, persecuciones, dictadura. Vivir la adolescencia y la juventud en clima de dictadura es una prueba peligrosa e injusta. Es buscar a tientas el camino. A las generaciones que crecimos en dictadura se nos pretendía anestesiar y se nos mantuvo privados de información. Sin embargo, las vocaciones auténticas sobreviven. Es cierto que los hombres tenían más posibilidad de clandestinamente, informarse, pues se les daba mayor independencia en el hogar; pero no dejaban de arriesgar la cárcel, el destierro o la vida misma. La desorientación nos robaba un tiempo precioso.

Luego del encierro escolar, encontré afuera la falta de libertad de una dictadura. A la ausencia de mi padre, que seguía trabajando por los pueblos del Perú, se sumaba la ausencia de maestros que pudieran guiarme. Por ello intento acercarme a mis tíos, pero estaban dedicados a su propia lucha. Sin embargo, los autores en su biblioteca, las conversaciones con mi abuela, criada y educada en Alemania, me eran fundamentales y formadoras. Allí escuchaba sobre los jóvenes escritores de entonces: Emilio Adolfo Westphalen, César Moro, Martín Adán y luego Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela a quienes ellas auspiciaron cariñosamente. Todos ellos eran una isla y un archipiélago pequeño y exquisito. Tratando de respirar, haciendo lo suyo. César Moro era especialmente propenso a ser maltratado por ese medio tan conservador puesto que era homosexual. Así fué que dejó Lima y se integró a la generación surrealista de París, siendo signatario del Manifesto Surrealista mas tarde. Escribió en francés. En una Galería una vez conversabamos, a veces con Martin Adán, sobre la seducción que tenía por En busca del tiempo perdido...

En esa misma Galería, Martin Adan, sentado solitario, parecía atemorizado, siempre algo bebido. Aquella tarde había roto sus anteojos y se los arreglé. Yo me sentaba silenciosa a su lado. El talento me inspiraba respeto, el aura del poeta. Me escribió en un catálogo de esa Galería: "...hay que componer al hombre, no los anteojos... siempre miraremos mal..." y me dijo que me iría del país. El no sabía nada de mí, así creía que seria mi destino, porque yo era muy joven .

¿Cómo podían nacer sus poemas a la rosa en ese ambiente ófrico?

Por entonces sentía nacer y definirse en mí un antagonismo con la sociedad limeña y peruana cultivadora del disimulo y la apariencia; comprobé que perduraba lo que Flora Tristán había observado más de un siglo antes: la corrupción de las clases altas.

Revista Iberoamericana, Univ. de Pittsburgh. Pa. No. 132-133, July, Dec. 1985


























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Referencia
Manuel Lasso .  "En Busca de Espacio (Cecilia Bustamante)."  Extramares.  Ed.  Cecilia Bustamante.  Austin: Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   2 de Mayo de 2006.
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